Desafío y oportunidad de las ‘nuevas tecnologías’ 

Por Tomás Granados

Todo en el mundo del libro encarna alguna tecnología: del alfabeto a los tipos móviles, de la elaboración de papel a las herramientas informáticas de diseño editorial, del código de barras al ePub. Y aunque en la historia de la industria editorial ha habido soluciones tecnológicas sorprendentemente estables —se dice que Gutenberg habría entendido casi de inmediato el funcionamiento de una imprenta manual de principios del siglo xix—, el rasgo característico de las últimas décadas es la innovación incesante en el modo de concebir, producir, comercializar y promover los libros. Feroz a veces, impredecible casi siempre, este continuo oleaje ha permitido el surgimiento del editor ya no digamos microscópico sino de escala subatómica. Aparte de una ilusión y una tenacidad inquebrantables, hoy apenas se requieren unos pocos metros cuadrados, una computadora portátil y una sólida conexión a internet para montar una editorial. El teletrabajo, la plétora de servicios en línea —desde los tradicionalmente oficinescos, como el banco o el control de inventarios, hasta los que permiten la redacción colaborativa de relatos o la contratación de derechos de autor—, la impresión bajo demanda ajustada a cada mercado local, los medios sociales que nos han hecho dudar de la existencia del aquí y el ahora, las muchas clases de pantalla en que se despliegan las versiones inmateriales de eso que alguna vez, de manera unívoca, llamábamos “libro”: éstos son los ladrillos con que se edifican proyectos como Grano de Sal, dispuestos a colarse por los huecos que dejan los mastodontes trasnacionales o a inventar nichos que sólo son viables teniendo aspiraciones económicas modestas. Por definición, aquello que se conoce como “nuevas tecnologías” cambia de referente en el tiempo: ya nadie metería en ese saco la composición asistida por computadora o las tiendas en internet. El reto para los editores de hoy —como desafío conceptual y como oportunidad para la supervivencia— es el aprovechamiento de la “analítica de datos”, de la interacción casi en vivo con los lectores, de los mecanismos informáticos para ampliar lo más posible el acceso al, perdonen la palabra, contenido. Mucha gente sabe que lo pequeño es hermoso; hoy más que nunca es posible disfrutar la enanez sin renunciar al impacto en esas enormes minorías a las que se dirige cada editor especializado.