Entrevista con Francisco Goyanes

Por la redacción

Franciso Goyanes es fundador y director de Librerías Cálamo desde 1983, a partir de la cual ha desarrollado una intensa actividad cultural. En colaboración con Ana Cañellas dirige los proyectos “Otra Mirada: Encuentro de Librerías y Editoriales Independientes Iberoamericanas” y “Talento Editorial del Hay Festival América”. Ha colaborado también con la FIL Guadalajara y la Feria del Libro de Frankfurt. Librerías Cálamo, por su parte, ha recibido distinciones del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España y del Ministerio de Cultura de Francia.

Francisco participará en el encuentro de CONTEC Argentina en la mesa Metadatos: Relevancia para vender libros y cómo proceder, donde ahondará en sus reflexiones respecto a los retos que enfrentan en nuestros tiempos las librerías independientes en particular y la distribución de libros en general.

¿Cómo percibes la relación que tienen los editores, distribuidores y libreros con las herramientas para administrar y compartir metadatos para la industria del libro?

Hace no muchos años la mayor parte del trabajo en las librerías era dar de alta fichas bibliográficas. Es absurdo que un editor no entienda que proporcionando el máximo de metadatos de sus libros está favoreciendo sus ventas y facilitando el trabajo de distribuidores, libreros y bibliotecarios. También es absurdo que la edición española no pueda ofrecer una base de estas características a los diferentes mercados nacionales de América Latina, para convertirse tanto en sus aliados como en sus colaboradores en lo económico y en lo cultural. Otro absurdo es que muchos editores –agremiados o no– no entiendan que la existencia de una base de datos rica, plural y abierta es IMPRESCINDIBLE para el ecosistema del libro español, o sea: para vender más.

¿Cómo las librerías tradicionales pueden enfrentar a Amazon, que ha traído un nuevo modelo de comercialización de libros?

Las librerías convivimos con Amazon, que queramos o no ya es parte del ecosistema del libro. Con recursos ilimitados, sus aspiraciones son monopolísticas: quiere controlar la distribución y también la industria. Su existencia evidencia dos realidades. La primera, que el libro ya no ocupa el espacio central ni en el debate intelectual ni en el consumo cultural. La segunda, que el lector ha devenido consumidor exigente y demanda un servicio rápido y de calidad.

¿Qué podemos hacer las librerías independientes para competir con Amazon? Lo que nunca hará: leer, seleccionar, aconsejar, atender con amabilidad y profesionalidad, ofrecer espacios hermosos en los que disfrutar, crear comunidades lectoras que graviten a su alrededor. Para hacerlo necesitamos de las editoriales y distribuidoras. Asombra la ceguera de muchas de ellas: para vivir precisan múltiples puntos de venta, no monopolios que acaben imponiendo sus condiciones o forzando su cierre. Las distribuidoras deben ser capaces de entregar los libros en 24 o 48 horas, las editoriales respetar el canal librero, mejorar su margen comercial y apoyar su renovación. Necesitamos que los editores inviertan en mejorar sus metadatos y en ofrecerlos al canal comercial

En el contexto económico y social actual, ¿es aun viable el modelo de tener librerías especializadas para ser exitoso?

Durante muchos años hemos dividido las librerías básicamente en generalistas y especializadas. Y todos conveníamos que la especialización era mas que conveniente. Durante décadas, durante siglos, las librerías especializadas «en materias» buscaron y encontraron un importante nicho en el mercado del libro, cautivaron a un público reducido pero culto y de buenos recursos económicos, establecieron con bibliotecas y centros académicos de todo tipo estrechas y simbióticas relaciones contractuales e intelectuales. Pero esa época ya pasó, es historia. Ahora buena parte de los investigadores busca, encuentra y compra por Internet lo que necesita, no está ni dispuesto a esperar, no tiene paciencia. Lo quiere bueno, bonito, barato y sobre todo rápido.

Librerías especializadas sí, pero no tanto «en materias» como en un «tipo de público». Librerías que sean capaces de crear comunidad, de generar espacios de intercambio y diálogo. Librerías que oferten criterio, consejo y fondo bibliográfico, que sean espacios abiertos a la actividad cultural, que intervengan en la vida social de su barrio, pueblo o ciudad, gestionadas por buenos profesionales, tecnológicamente preparadas, capaces de servir a sus clientes cuanto material bibliográfico precisen y que además sepan «tentarlos» con aquel texto que no conocían y que ni siquiera pensaban que pudiera interesarles.

¿Crees que las herramientas del comercio on-line traigan beneficios para el mercado editorial?

Soy radical: no creo que sea una fuente de recursos importante para las librerías independientes. Un problema de economía de escala y de competidores que arrasan con grandes inversiones tecnológicas, conceptos claros, crédito ilimitado, pagando mal a sus trabajadores, contratando sus envíos con empresas logísticas sin escrúpulos que subcontratan las entregas a «perra gorda». Y que se amparan en legislaciones obsoletas que les permiten hacer lo que les da la gana. Pero nada nuevo bajo el sol de las sociedades capitalistas avanzadas, tampoco hay que rasgarse las vestiduras.

¿Cuáles crees que son los retos principales de la industria del libro en español con referencia a los procesos de distribución y difusión de libros?

Un mercado tan saturado como el español exige profundas transformaciones en el sector de la distribución, transformaciones que no se están abordando al no sentirse como necesarias por parte de sus actores. Una distribuidora en el siglo XXI no puede ser una empresa logística levemente barnizada con elementos comerciales y de marketing. Tener un gran almacén, una página web en condiciones y una red de representantes comerciales no basta hoy en día.

La labor de difusión puede ser desarrollada por la empresa distribuidora, directamente por la editorial y también, por qué no, por una nueva figura en el mercado del libro: el «difusor». La mayor parte de las editoriales se juegan su futuro con uno o dos lanzamientos al año. Es perfectamente imaginable que varias editoriales puedan contratar a un «difusor» que realice un trabajo de apoyo especial a sus apuestas, que quede con los libreros, les cuente sus argumentos, dé argumentos de venta y, por qué no, recoja pedidos. Y que todo ese trabajo se sume al que por su lado hacen las empresas de distribución.