Por Álvaro Jasso

El editor guerrillero, figura fundamental de la producción editorial mexicana de la segunda mitad del siglo XX, que ahora se enorgullece en su resistencia a las plataformas digitales multinacionales, ese que busca rescatar el papel de la industria y conservar el último sagrado rincón de aquel Estado benefactor, recarga el brazo en un altero de libros sin distribuir y hojea los periódicos desde la fría distancia de la pantalla, reflexiona sobre las maravillas del progreso en edición digital. Ha discutido hasta la minucia e infinidad de veces con sus colegas y entonces se preocupa por la posible precarización de su medio de producción. Aunque, hay que decirlo, desconoce las entrañas de lo digital, es decir, entiende bien lo que es un metadato, por supuesto, pero si tuviera que hacerlo él mismo sería necesario que viera uno de esos contrahechos tutoriales que abundan en youtube.  Pero corre el riesgo de cruzarse con otro booktuber, esos niños sin rigor que hablan con las masas para recomendar libros (porque tuvieron la fortuna de cruzarse con algún título que les gustó y tienen una cámara) pero que él no ha sabido cómo aprovechar por que aparentemente sólo sirven para atraer muchedumbres.  Y ni hablar de sus opiniones sobre la autopublicación en internet, salvaje error alejado de las Letras y de la reflexión profunda, lo más desconocido y ajeno que puede ocurrírsele en esta voluptuosa posmodernidad transmedia.

Para los editores de cualquier tipo, a estas alturas, ya no se trata únicamente de hacer los libros en formatos digitales, ni de rumiar sus alcances en discusiones sobre cuántos e-books caben en una hoja de papel. En cambio, se trata de intervenir en los estándares que los hacen posibles, comenzando por una intención seria para entender la función y el funcionamiento de las tecnologías digitales de publicación no únicamente por su impacto, pero desde su origen y construcción.

Cuando alguien pregunta, por ejemplo, cuál es la mejor manera de hacer la transición hacia lo electrónico, se tendría que decir que es digitalizando la información bibliográfica (el catálogo), que ahora conocemos como metadatos, para conocer e incorporar datos que nos sean útiles, no únicamente para distribución y venta, sino con la intención de discutir y participar de modo informado en las reglas y políticas locales y públicas para los textos en internet, los libros y aparatos electrónicos e industria editorial. En cierta medida, la conformación de bases de datos más confiables y estrictas, tanto por cantidades en los inventarios como por costos de producción, supondría una revisión de la inercia de producción. Pausa en la que convendría preguntarnos si la publicación electrónica no acabará por desvanecer esta inercia de cualquier modo y qué tan capaces seremos de recuperar  y preservar estos textos que cada vez nos parecen menos libros.

Mientras ninguna institución en lengua española importante, no sólo mexicana –de preferencia educativa o editorial–, participe de la elaboración de estándares de publicaciones digitales de acceso abierto –no sólo ePub–, siempre tenderemos que descifrar primero y adaptarnos después a las reglas de un mercado digital en marcha y cambios constantes. Es decir, que se tome en serio tanto la elaboración de las reglas para la estructura digital de los libros, como los derechos de autores,  publicaciones electrónicas y lectores para que, más allá de la plataforma de su publicación, se garantice su importancia en lo local. No estoy hablando de protecciones nacionales para productos culturales empaquetados, más bien, de tener en cuenta que los autores, la producción y la creación de contenidos y literatura en plataformas distribuidas elude cada vez mejor nuestra definición de libro.

La guerrilla en todo caso no debería ser en contra de la transición digital, que tiene como una de sus intenciones elementales preservar el libro, sino a favor de asegurar tanto el acceso como una producción accesible y consistente con el mundo digital, así como el cuidado de los contenidos que se producen, no importa el nombre que les pongamos.